Una fantasía de palmeras, cañas de azúcar, postes de luz, partidas de dominó, mujeres haciéndose las uñas y rincones entre el Viejo San Juan y Nueva York —con su mercado (La Marqueta, como el de Harlem), su “Casita”, su barbería y una licorería que decía, simplemente, “Conejo”— sirvió a Bad Bunny de escenario para su deslumbrante consagración como icono de los hispanos en Estados Unidos y de los latinoamericanos en el mundo; el mundo de Donald Trump. Fue este domingo en Santa Clara (California), en el desbordante show del descanso del partido de la Super Bowl, que, en algo que solo cabe calificar como un triunfo para el artista, el presidente de Estados Unidos corrió a definir como “terrible”.
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